El Jueves Lardero (del latín lardum `grasa animal, tocino´), el último antes del miércoles de ceniza, recibe su nombre desde la Edad Media por ser el día señalado para que las gentes se atiborren de carne, grasa, pan y vino, y como festividad que inaugura los días de carnaval. Hay un refrán castellano que aconseja: «Jueves lardero, carne en el puchero». Y esto, como decimos, nos viene de lejos, de lo cual queda constancia en obras literarias como el Libro de Buen Amor; en la estrofa 1373 se nombran el buen queso, el tocino grueso y tierno que no está en salazón y todo tipo de grasas y pan cocido en abundancia como manjares que no deben faltar en estas fechas. En varios documentos históricos encontramos una valiosa referencia de esta festividad medieval celebrada en algunos lugares de Castilla, donde los mozos se encargaban de mantear peleles que representaban a personajes eclesiásticos y políticos, escenificaban alguna escena divertida o visitaban al sacerdote para gastarle unas bromas.
Era costumbre que, mientras los hombres trabajaban en el campo, las mujeres cocinaran los platos típicos, que consistían en incluir algo de adobo -casi siempre lomo y chorizo-, y, aunque estas recetas variaban dependiendo de la población, en todos los casos se solía preparar una especie de pan o de bollo con algún añadido en el centro. A este alimento, en zonas de Aragón, Cataluña y Valencia, lo llaman coca (del catalán coca, tomado seguramente del germánico koka `torta´); en otros, hornazo (`hecho en el horno´, del latín fornaceus); en algunos pueblos manchegos, tortilla de Jueves Lardero (`pequeña torta de harina´); y en otros del Levante, Murcia y Aragón, mona.
Cuando era pequeño no entendía muy bien por qué a este bollo se le llamaba mona. Intentaba encontrarle parecido con alguna parte de la anatomía de un primate; incluso, me esforzaba en justificar en el hornazo un atractivo femenino, por lo de ser mona. Pero mi imaginación no daba para más; y por mucho empeño que hubiese puesto no lo habría conseguido, porque la palabra mona, con el significado de `hornazo, pan cocinado con viandas´, proviene del latín munda (`refinado, exquisito´), que en mozárabe, la desaparecida lengua romance de los cristianos que vivían en Al-Ándalus, se pronunciaba máwna. En el Diccionario de Autoridades se define mona de esta manera: `Llaman en Valencia y Murcia la torta o rosca que se cuece en el horno, con huevos puestos en ella en cáscara, por Pascua de flores, que en otras partes llaman hornazo´. Estas palabras, que fueron escritas hace trescientos años, nos sorprenden por su actualidad y por su exactitud geográfica, y más cuando, desde un punto de vista folclórico, se mantiene la costumbre de salir al campo para dar buena cuenta del manjar entre generosos tragos de vino, música y baile.
Visto esto, hasta parece que sienta mejor comerse la mona sabiendo que es un plato que lleva cocinándose desde hace siglos, a pesar de que los tiempos modernos ya no casan demasiado con ciertos dogmas eclesiásticos de antaño, como el de mantener el ayuno y la abstinencia de cualquier tipo de carne durante casi dos meses. Difícil trago, sin duda, para muchos.

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